
Por Mauricio Gutvay
En el reporte nuestro de cada día, las cifras se acumulan inflexibles. Pero aquellos números que otrora parecían lejanos, cada vez nos golpean más de cerca.
Con tristeza y estupor leemos sobre personas que fallecen en Candelaria, Luján, Quines y San Francisco. Y allí la tragedia gigante, global, pandémica se siente aún mas grande por la inmensidad de lo particular, de lo propio, de lo cercano.
La desgracia que enluta al mundo, hoy golpea literalmente a nuestras puertas. Una cifra que cuanto más crece más penetra como tragedia comunitaria.
La muerte empieza a ser un motivo de diálogo cotidiano en las familias del norte puntano. El número deja de ser algo frío y -en pueblos como los nuestros donde nos conocemos casi todos- cada nombre es una historia.
Cada número deja de ser un número cuando lleva el nombre y el apellido de algún familiar, de algún amigo o de algún conocido.
Un nombre no es un número. Detrás de cada persona que fallece hay padres, hijos, hermanos, compañeros de trabajo. Hay gente con la que nos cruzábamos a diario y que ya no estarán.
Naturalizamos la muerte hasta que nos toca de cerca. A medida que crece la cantidad de muertos por el virus en nuestra zona, se va haciendo cierta la posibilidad que ese número sin nombre se convierta en ese abuelo, en ese padre, en ese hermano o en ese hijo tan querido.
Mientras escribo estas líneas, hay vecinos y vecinas de nuestros pueblos que fueron derivados a San Luis y están peleando por su vida. Otros, en nuestros hospitales con el personal de salud estresado.
Ya no hay lugar para actitudes negacionistas ni mezquinas, cuando los muertos empezaron a ser los nuestros.

















Facebook
Twitter
Instagram
YouTube
RSS