Entre paredes centenarias y ventanas que miran hacia la Plaza Pringles, aún respira el eco de un tiempo de esplendor. Esta es la crónica de una casa que fue símbolo de una época, y de una pareja cuya huella perdura en la memoria sanfrancisqueña.
Entre los pliegues del tiempo y las calles que todavía susurran nombres olvidados, la Casa García permanece como un eco largo de una época que soñó con el porvenir. Su fachada, aún en pie sobre calle Belgrano, mira con dignidad melancólica hacia la Plaza Pringles, como si aguardara el regreso de aquellas palomas que, dicen, al morir su dueño alzaron vuelo y nunca más volvieron.
Ramón García llegó desde la vieja España, buscando horizontes más vastos que los del mar que lo vio partir. Ancló en San Francisco del Monte de Oro, cuando el pueblo aún bordaba con manos de adobe su identidad cultural. Se casó con la docente Orófila Pérez, y juntos erigieron una casa que no solo fue morada sino emblema: larga, suntuosa, de puertas que abrían al comercio y a la comunidad.
La Casa García fue más que un negocio: fue un mundo. Tienda, ferretería, zapatería, ropería, barraca. Una constelación de oficios y productos que nutrían el corazón económico de este rincón puntano. Desde allí, Ramón tejía su influencia, era agente del Banco Español del Río de la Plata y soñaba con ser el centro de un universo en expansión.
Pero todo sueño encuentra su contracara. Muy cerca, Don José Blanchet —con visión moderna, carisma político y una red de sucursales— levantaba su propio imperio comercial. Y así, como en una novela de antagonistas casi literarios, nació una rivalidad de proporciones épicas. Casa García y Casa Blanchet: liberales contra radicales, comerciantes contra comerciantes, vecinos enfrentados en silencio y en palabra escrita. Hubo incluso denuncias públicas de “propaganda injuriosa” en la prensa, aunque el pueblo, con sabiduría, advertía: “nos importa más la suba o baja del azúcar que sus peleas de papel”.
A pesar de la tensión, ambos hombres fueron respetados y activos en el crecimiento local. García fundó la Biblioteca Popular, integró comisiones, soñó plazas, plantó progreso. Hasta que un día de mayo de 1933, cuando la historia parecía tener aún capítulos por escribir, su relato se quebró de forma abrupta: uno de sus empleados, Lucilo Andino, lo asesinó a balazos. Tenía 53 años. Ese disparo no solo truncó una vida, sino también una era.
Cuentan que Orofila se encerró en un luto largo, impenetrable. Sin hijos, sin más compañía que su pena, vivió el resto de sus días entre sombras, como si su casa hubiese quedado súbitamente vacía de voces, aunque no de memoria. Falleció en 1947, y con ella se apagó la luz última de esa familia.
Después, el tiempo hizo lo suyo. En el local funcionó la tienda “Blanco y Negro” de los hermanos Sananes. Y aunque el edificio del comercio fue modificándose, la vivienda familiar, contigua, aún guarda con dignidad sus líneas originales: un testimonio silente, que desafía el olvido.
Una vecina nonagenaria, voz viva del pasado, dice que García era amante de la colombofilia. Criaba palomas que volaban al atardecer, en círculos exactos sobre el pueblo. Y que el día de su muerte, como en una escena dictada por el mismo destino, todas sus aves alzaron vuelo… y no regresaron jamás.
Quizás esas palomas eran el alma de la Casa García, del tiempo de oro, de las historias que aún anidan entre las grietas de un muro, o entre los pasos de alguien que, sin saberlo, camina sobre las huellas de quienes soñaron antes.
Por Mauricio Gutvay / Basado en la investigación del historiador Prof. Mario Z. Camargo
Foto: Blog https://historiadesanfranciscodelmontedeoro.blogspot.com/













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