En las serenas calles de San Francisco del Monte de Oro, entre los ecos de la sierra y el murmullo de los árboles frutales, todavía resuena la melodía de un acordeón. Ese sonido, que durante décadas fue el corazón de festivales y encuentros, nos cuenta la historia de Pascual Raymundo Guiñazú, un hombre cuyo talento cruzó los límites de la madera para fundirse con la música.
Nacido en 1937 en Balde de Puertas, Pascual creció en un hogar humilde, hijo de Miguel Ángel Rosales y Dora Angelica Guiñazú. Pronto, la vida lo llevó a San Francisco del Monte de Oro, donde una tía le impartió lecciones que marcarían su vida. Más adelante, Mendoza sería su hogar, y allí, entre viñedos y frutales, Pascual descubrió su habilidad como podador.
Pero fue de regreso en San Francisco donde su destino tomó un giro: comenzó a trabajar en el aserradero de Davorin Sepak. Desde colocador de vigas hasta tornero, Pascual se convirtió en un maestro en el arte de dar forma a la madera, pero su corazón latía al ritmo de una pasión más melódica: la música.
Desde adolescente, el acordeón fue su fiel compañero. Con un modesto acordeón de 72 bajos, sus dedos danzaban creando melodías que alegraban el alma. Hacia sus 30, un acordeón de 120 bajos se convirtió en su voz, llevándolo a escenarios de festivales, cumpleaños y reuniones. Con él, Pascual no solo interpretaba música, narraba historias, transmitía emociones, conectaba corazones.
Miembro fundador del grupo “The Time”, Pascual dejó una huella indeleble en la escena musical local. Años más tarde, su talento y amor por la tradición lo llevaron a unirse a la Agrupación Tradicionalista Domingo Sánchez Chaparro y a ser parte de la Banda Municipal de San Francisco del Monte de Oro.
Pascual Guiñazú, un hombre que vivió entre aserrín y notas musicales, dejó este mundo en 2017, pero su legado perdura. Hoy, es recordado no solo como uno de los mejores torneros, sino como un musiquero de ley, un artista cuya vida fue una melodía compuesta de madera, esfuerzo y mucha pasión.
En San Francisco del Monte de Oro, cuando el viento sopla suavemente y el sol se pone sobre las sierras, si cierras los ojos, puedes escucharlo. Es el eco de un acordeón, es el espíritu de Pascual Guiñazú, tocando eternamente en el corazón de su pueblo.
Fuente y Foto: Profesor Mario Z. Camargo














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