Hace más de un siglo, San Francisco del Monte de Oro vivió una de las peores sequías de su historia. El agua desapareció, los cultivos se perdieron y la población tuvo que buscar el líquido vital a grandes distancias. Un recuerdo de aquellos tiempos en que la naturaleza puso a prueba la resistencia de los sanfrancisqueños.
Hay años que la memoria colectiva no olvida. Años que se graban a fuego en la historia de un pueblo y se transmiten de generación en generación con un simple nombre. En San Francisco del Monte de Oro, 1916 no fue simplemente un año más: fue “el año de la seca”.
Todo comenzó temprano. Ya a principios de ese año fatídico, los informes daban cuenta de lo inevitable: las sementeras de maíz se habían perdido, los frutales no dieron cosecha. El agua para beber comenzó a escasear y la población tuvo que caminar hasta las vertientes más alejadas del pueblo, cargando bidones y baldes bajo un sol que no daba tregua.
Para febrero, el panorama era desolador. Todos los cultivos habían desaparecido y los pozos de agua, esos que siempre habían estado ahí, comenzaron a secarse uno tras otro. Algunas lluvias esporádicas trajeron un breve suspiro de esperanza, pero no fueron suficientes. Las pasturas no se recuperaron y el invierno se avecinaba con la amenaza del hambre para el ganado.
Juan W. Gez, en una carta de aquella época, advertía con claridad: “El mal no desaparecerá hasta que no se resuelva el problema de los grandes embalses, haciéndose una serie de diques”. Palabras proféticas que resonarían durante décadas en una región que necesitaba domar el agua cuando venía en abundancia y conservarla cuando brillaba por su ausencia.
Pero lo peor estaba por venir. Si los primeros meses habían sido difíciles, septiembre trajo una sequía intensa que en octubre se acentuó dramáticamente. Noviembre fue, lisa y llanamente, desesperante. La señorita Rosenda Quiroga, en un informe para el diario “La Nación”, describía el escenario apocalíptico: “La sequía se prolonga, apareciendo la tierra como carbonizada. El agua para beber se ha agotado totalmente y las gentes tienen que ir a buscarla a grandes distancias”.
La tierra carbonizada. No hay mejor manera de describir lo que sucedía. Los campos, usualmente verdes en primavera, se habían convertido en páramos donde el viento levantaba nubes de polvo. No había flores. No se escuchaban pájaros. El silencio era ensordecedor.
Diciembre, el mes que debía traer el alivio del verano y las lluvias, fue inclemente. El diario “La Reforma” cuestionaba la falta de obras de irrigación que pudieran paliar los efectos de semejante calamidad, pero los recursos eran escasos y las soluciones, lejanas.
La situación no era exclusiva del norte puntano. En la vecina Córdoba, la sequía también había hecho estragos. El lago San Roque, ese gigantesco espejo de agua que abastecía a la capital mediterránea, había quedado prácticamente seco. Su lecho fangoso, expuesto al sol, emanaba un olor nauseabundo que preocupaba a sanitaristas y autoridades por igual. En la ciudad de Córdoba, los carros aguateros recorrían las calles ofreciendo agua de puerta en puerta, en una escena digna de la época colonial.
Pero cuando la ruina parecía completa, cuando ya no quedaba nada que perder, el cielo se apiadó. En diciembre comenzaron a caer las primeras lluvias. Lentamente, la vida volvió a despertar. Las estancias se repoblaron, las quintas se repusieron, algún maizal lucía su verdor entre los montes. El agua regresó a los arroyos y la esperanza a los corazones.
La reconocida cronista del diario “La Prensa”, Ada María Elflein, lo resumió tiempo después con estas palabras: “Hoy las estancias se repueblan lentamente, las quintas se reponen y algún maizal o alfalfar luce su verdor vivo entre dos isletas de monte. La vida ha vuelto a despertar. Pero la gente no habla del año 1916. Dice, ‘el año de la seca'”.
Ese simple cambio de nombre lo dice todo. 1916 dejó de ser un número en el calendario para convertirse en una cicatriz en la memoria del pueblo. “El año de la seca” fue la forma que encontraron los sanfrancisqueños de nombrar lo innombrable, de ponerle título a una tragedia que puso a prueba su fortaleza y su capacidad de resistir.
Hoy, más de un siglo después, cuando miramos el cielo buscando señales de lluvia o cuando el agua escasea en nuestros grifos, vale la pena recordar aquellos tiempos. Tiempos en que nuestros antepasados caminaron kilómetros bajo el sol abrasador solo para conseguir un poco de agua. Tiempos en que la tierra se carbonizó pero el espíritu del pueblo no se quebró.
Porque si algo nos enseñó “el año de la seca” es que después de la sequía más dura, siempre vuelve a llover. Y que la memoria de un pueblo es más fuerte que cualquier calamidad.
Nota basada en investigaciones del historiador Prof. Mario Z. Camargo, del blog “La Historia de San Francisco del Monte de Oro”















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