Hay aniversarios que recuerdan obras. Y hay otros que evocan sueños. El de El Datilero pertenece a esta última categoría. Este 1° de julio se cumplen 75 años de la inauguración del Centro Experimental de Quines, uno de los proyectos agroindustriales más ambiciosos que conoció San Luis y una iniciativa que, por un tiempo, hizo creer que el norte puntano podía convertirse en una tierra de dátiles.
Quienes ingresan hoy a Quines por la avenida Córdoba todavía encuentran las palmeras que sobreviven al paso del tiempo. Permanecen allí como silenciosos centinelas de una historia extraordinaria, una historia que mezcló ciencia, política, aventura y el trabajo de decenas de vecinos que apostaron por un futuro distinto.
En 1951, el Gobierno provincial inauguró el Centro Experimental “El Datilero”, concebido para estudiar el cultivo de la Phoenix dactylifera, la verdadera palmera datilera. La elección de Quines no fue casual: los estudios indicaban que el clima semiárido, las temperaturas y el régimen de lluvias ofrecían condiciones que podían favorecer el desarrollo de una producción inédita en el país.
Detrás del proyecto estaba el ingeniero agrónomo Eduardo Julve, especialista en palmeras y convencido de que el norte sanluiseño podía transformarse en un polo datilero. Junto a él trabajaron los jóvenes ingenieros Eleodoro Miranda, Orlando “Cototo” Rodríguez, Ariel Urio y otros profesionales que soñaban con diversificar la producción agrícola de la provincia.
Pero el proyecto necesitaba algo más que entusiasmo: hacía falta conseguir las mejores palmeras del mundo.
Una expedición digna de una película
Pocas historias nacidas en Quines pueden compararse con la aventura que protagonizó aquella delegación enviada a Medio Oriente.
La misión partió en 1951 con un objetivo que parecía imposible: traer desde Irak ejemplares de palmeras datileras. Antes habían intentado adquirirlas en Marruecos y Túnez, pero las leyes de esos países impedían exportarlas.
El viaje estuvo lleno de obstáculos. Los expedicionarios despertaron sospechas en Bagdad, enfrentaron dificultades con el idioma, recorrieron miles de kilómetros por el desierto en una camioneta Fargo, soportaron tormentas de arena, temperaturas extremas, falta de agua y combustible y convivieron con el riesgo permanente de perder la expedición.
Mientras ellos atravesaban Siria rumbo a Beirut, las palmeras viajaban ocultas en camiones térmicos hasta embarcar en el vapor Río Quinto, que las trasladó hacia la Argentina.
El regreso tampoco fue sencillo. Durante la travesía muchas plantas murieron por enfermedades en las raíces, aunque las sobrevivientes alcanzaron finalmente Quines y permitieron poner en marcha el experimento que había despertado tantas expectativas.
Mucho más que un palmar
El Datilero nunca fue solamente una plantación.
En sus mejores años funcionó como un verdadero centro de investigación agrícola. Allí había viveros, invernaderos, laboratorio, estación meteorológica, heliómetro, pluviómetro, cámaras de maduración a vapor, sistemas de riego, viviendas para el personal y maquinaria de última generación para la época.
También se cultivaban hortalizas, frutales y otras especies experimentales. Buena parte de la producción se distribuía entre los trabajadores, escuelas, instituciones y familias de Quines.
Más de 70 personas llegaron a trabajar en el establecimiento. Para muchos vecinos fue una fuente de empleo y también un espacio de convivencia.
Quienes vivieron aquellos años recuerdan al ingeniero Julve organizando partidos de fútbol entre casados y solteros, con camisetas de Boca y River, mientras el establecimiento respiraba un clima que combinaba trabajo, investigación y comunidad.
El arco que todavía cuenta la historia
Uno de los símbolos más recordados fue el gran arco de ingreso.
En él, un mural representaba a un cosechador trepado a una palmera mientras una mujer y un niño esperaban los frutos en tierra, una imagen inspirada en las tradicionales cosechas del Medio Oriente.
La obra fue levantada por albañiles quinenses que dejaron allí parte de su legado. Entre ellos se recuerda especialmente a José Fiochetti, Luis “Hormiga” Fernández, Pascual Andino, Arturo Olguín y los hermanos Aballay, entre otros trabajadores que hicieron posible aquella construcción.
El sueño que quedó inconcluso
Los primeros frutos llegaron y pudieron madurarse mediante sistemas artificiales, aunque el clima local nunca permitió una maduración natural completa.
Después de 1955, los cambios políticos modificaron el destino del establecimiento. El proyecto perdió respaldo, comenzaron los despidos, los cultivos fueron abandonados y un incendio terminó destruyendo parte del vivero donde se conservaban los plantines nacidos en Quines.
En 1969 el predio fue cedido a la Federación Agraria y, años más tarde, en 1993, fue rematado por el Estado provincial, pasando definitivamente a manos privadas.
Un aniversario que invita a mirar hacia atrás
A 75 años de su inauguración, El Datilero sigue siendo una de las páginas más singulares de la historia de Quines.
Porque no fue solamente un experimento agrícola. Fue la demostración de que desde un pueblo del norte puntano podía imaginarse un proyecto de alcance internacional; que hubo ingenieros capaces de cruzar medio mundo en busca de una planta y trabajadores que levantaron, ladrillo por ladrillo, un establecimiento modelo en plena década del cincuenta.
Hoy quedan las palmeras, algunas construcciones y los recuerdos de quienes lo conocieron en funcionamiento. Pero también permanece algo que no envejece: la certeza de que Quines alguna vez se animó a mirar hacia el desierto de Irak para sembrar futuro en suelo puntano.
Y quizá esa sea la herencia más valiosa de El Datilero: recordar que los pueblos también crecen cuando se atreven a soñar en grande.














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