FOTO PRINCIPAL: MARCOS ÁLVARES
En 262 años, un pueblo no solo celebra su existencia. También enseña. Y Quines, con esa manera suya de ser patria chica, me enseñó tanto que a veces pienso que toda una vida no alcanza para agradecer las lecciones.
De Domingo Torino y Alfredo Moreno, nuestros veteranos de Malvinas que caminan por estas calles, aprendí que la valentía no grita, que el heroísmo a veces es silencioso, y que cruzarse con ellos en la calle nos recuerda que la Patria no es abstracta: tiene rostro, nombre y apellido quinense.
De Francesca Floriani aprendí que la grandeza no hace ruido. Que se puede ser campeona del mundo a los 15 años y seguir siendo la chica humilde que saluda en la calle. Que el talento verdadero no necesita reflectores porque brilla solo, y que 118 tapas en Norte Puntano no se consiguen buscándolas sino mereciéndolas, partido a partido, vuelo a vuelo, con una paleta en la mano y Quines tatuado en el corazón. Me enseñó que representar a un pueblo es un honor que se lleva con responsabilidad, y que los trofeos se conquistan pero el respeto se gana siendo vos mismo, siempre.
De los chicos de la Asociación Carolina Tobar García y de Graciela Moll aprendí que la palabra “capacidad” es mentirosa cuando se la usa para medir límites. Los veo cada año en la correcaminata y entiendo que ellos no tienen capacidades diferentes: tienen corazones más grandes que los de cualquiera. Me enseñaron que la verdadera discapacidad es no saber abrazar, no saber incluir, no saber ver que somos todos parte de lo mismo.
De Greta Durán aprendí que enseñar es mucho más que transmitir pasos. Que una profesora de danza puede ser refugio, exigencia y abrazo al mismo tiempo. Que se puede construir un espacio donde las niñas de 4 años se conviertan en mujeres de 17 sin perder la magia, donde la disciplina no aplaste sino que libere, donde el escenario sea escuela de vida. Greta me enseñó —viendo a mis hijas crecer en su academia— que hay personas que no solo forman bailarinas: forman seres humanos más seguros, más fuertes, más dueños de sí mismos. Y que eso, en un pueblo, es crear un universo entero para las adolescentes que necesitan un lugar propio. Me enseñó que amar lo que hacés no es un slogan: es transformar vidas de a una, clase por clase, durante 13 años seguidos.
De Ema Andino y los chicos del Nivel Superior del San José aprendí que la perseverancia tiene premio. Dos años seguidos ganando la Feria Nacional de Ciencias con “Mi Tierra Puntana”, ese manual interactivo que es amor puro a San Luis convertido en conocimiento. Me enseñaron que la educación no es llenar cabezas sino encender fuegos, y que cuando un docente se compromete, los imposibles se vuelven proyectos con bandera nacional.
De Cristina Figueroa y Teatratando aprendí que 30 años no son nada cuando el amor por el teatro corre por las venas. “Una de Reinas” recorriendo la provincia este año, y yo pensando en las tres décadas que llevan subidos a los escenarios, enseñándome que el arte no es un lujo sino una necesidad, que las tablas son trincheras y que la cultura se defiende actuando, literalmente.
De Juan Carlos Romero, ese chulengo de voz profunda, aprendí que la música es geografía. Que se puede cantar a un pueblo y que ese canto nos defina, nos abrace, nos devuelva la imagen de lo que somos cuando la memoria flaquea.
Del Dr. Hugo Alume aprendí que se puede ser grande en Buenos Aires sin olvidar de dónde se viene. Que la excelencia profesional y la calidad humana no se pelean, que se puede dar cátedra en oncología y seguir siendo el quinense que se fue pero nunca se fue del todo.
De María Luisa Isaac, Cristina Rodriguez y la Bocha Leal aprendí que escribir es un acto de resistencia y de memoria. Que las mujeres que toman la palabra no piden permiso: se plantan frente a la hoja en blanco y construyen mundos. Que se puede escribir con la fuerza de un huracán a cualquier edad y que las historias que no se cuentan se pierden para siempre. Me enseñaron que la literatura no es adorno: es testimonio, es grito, es legado.
De Baroja aprendí que un pincel puede capturar lo que las cámaras no ven. Que hay quienes pintan paisajes y hay quienes pintan alma, y que él hace las dos cosas al mismo tiempo. Baroja no retrata a Quines: lo interpreta, lo siente, lo traduce en colores que solo él sabe mezclar. Cada cuadro suyo es una declaración de amor al pueblo, una manera de decir “esto es lo que veo cuando miro mi tierra” y regalárnoslo para que lo veamos también. Me enseñó que el arte no necesita irse lejos para ser grande, que se puede ser genio pintando lo que está a la vuelta de casa, y que la amistad y el talento no se pelean: se potencian.
De Pepe Fernández aprendí que la guitarra, cuando la acarician las manos correctas, puede contar toda la historia de un pueblo en seis cuerdas.
De las academias La Estación Danza y La Candelaria aprendí que bailar es orar con el cuerpo, que el folklore no es pasado sino presente continuo, raíz y vuelo al mismo tiempo. Y que cada una, con sus formas y sus particularidades, construye cultura a puro pulmón. Que se puede transmitir tradición sin que pese como obligación, que se pueden vencer mil adversidades —la falta de recursos, el cansancio— y seguir adelante porque hay algo más grande en juego: que los chicos de Quines conozcan sus raíces, que viajen, que suban a un escenario y sientan que pertenecen a algo más grande que ellos mismos. Me enseñaron que el folklore se defiende bailándolo, y que hay gente dispuesta a romperse el alma para que eso no se pierda.
De Lorenzo Díaz y esa nueva generación de ciclistas aprendí que hay tradiciones que no se heredan: se pedalean. Que el viento del oeste no es obstáculo sino compañero de ruta, y que Quines puede ser chico en el mapa pero inmenso en las rutas del mundo.
De nuestros Bomberos Voluntarios aprendí el significado real de la palabra “entrega”. Que hay gente dispuesta a jugarse la vida por otros, sin capa ni superpoderes, solo con el coraje de saberse necesarios.
De Bruna Gutvay aprendí que a los 14 años se puede ser pionera. Que una pelota de básquet en manos de una chica quinense puede abrir caminos donde antes solo había silencio. Capitana de Comercio de Villa Dolores, seleccionada en Los Evita y en los Binacionales, seleccionada de Traslasierra, Bruna me enseñó que el futuro no se espera: se construye, cancha por cancha, tiro libre por tiro libre, siendo la primera cuando nadie te abre la puerta.
De Mario Ibañez, Pucho Gatica, Quito Valdez y la familia Carrizo aprendí que hay quienes hacen arte con las manos y la madera, que los artesanos son poetas que no usan palabras sino gubias, y que en cada talla hay un pedazo de alma tallada también.
Y podría seguir horas —una tarde entera, una vida si hiciera falta— nombrando a quienes hicieron y hacen grande a este pueblo. Porque Quines es un álbum infinito donde cada página tiene un rostro y una hazaña. Podría hablar de nuestros granaderos quinenses, que llevaron el uniforme con la misma dignidad con la que uno lleva un mandato familiar. Podría hablar de la Maratón de la Fe, ese rezo en movimiento que cada año convierte el cansancio en ofrenda. Podría hablar de Carolina Tobar García, pionera en la educación especial para chicos con discapacidad intelectual en la Argentina, cuya obra sigue siendo faro y semilla cada vez que un niño encuentra un camino posible. Podría agradecer a las Hermanas Echegaray, que tejían en telar como quien borda la memoria misma del pueblo, hilando futuro con paciencia de artesanas. Podría hablar del padre Juan Ogrín, fundador del Colegio San José y párroco durante medio siglo, faro que sostuvo a generaciones enteras. Podría hablar de Benito Rodríguez Cejas y de tantos otros que, desde el silencio o desde la obra diaria, hicieron de este rincón un lugar que late más fuerte que su tamaño. Y aun así, me faltarían nombres, historias y abrazos… porque Quines es inabarcable incluso para quien lo ama tanto.
Finalmente aprendí, sobre todo, que Quines no es perfecto. Que no todos los días me siento orgulloso. Que a veces duele, que a veces decepciona, que a veces uno quisiera que fuera distinto.
Pero aprendí también que eso es parte del amor verdadero.
Porque en 262 años, Quines me enseñó que un pueblo no es un museo ni una postal. Es gente que sueña, que se equivoca, que vuelve a intentar. Es presente vivo, no pasado embalsamado.
Me enseñó que pertenecer no necesariamente es haber nacido acá, sino también haberse quedado. O haberse ido y volver siempre, aunque sea con la memoria.
Me enseñó que las raíces no atan: sostienen.
Y que 262 años no son nada si no hay quién los siga escribiendo. Que cada generación tiene la responsabilidad de agregarle un capítulo a esta historia que empezó mucho antes que nosotros y seguirá mucho después.
Por eso hoy no festejo solo lo que Quines fue.
Festejo lo que está siendo.
Lo que será.
Felices 262 años, pueblo maestro. Seguí enseñándonos. Que todavía nos queda mucho por aprender.















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