En la Quebrada de las Higueritas, donde cada amanecer trae el concierto de cien especies distintas, se escribió una página de esas que no se olvidan: la despedida de Samuel Olivieri, el hombre que durante 15 años fue la voz, los ojos y el corazón de las reservas provinciales.
No fue casualidad que la despedida fuera precisamente aquí, en este santuario natural donde cada piedra conoce sus pasos, donde cada árbol ha sido testigo de su dedicación, donde cada ave reconoce su silbido como el de un amigo de toda la vida. Samuel Olivieri, lujanense de alma y guardaparque de vocación, se despidió de San Luis de la única manera que podía hacerlo: liberando aves, esas compañeras aladas que fueron su pasión, su trabajo y su legado.
El pionero que abrió caminos
Quince años. Tres palabras que contienen toda una vida dedicada a proteger lo que muchos ni siquiera notan al pasar. Samuel fue el primer guardaparque puesto al servicio de las reservas provinciales, el pionero que no tuvo manual de instrucciones, que aprendió a leer el lenguaje de la naturaleza con la paciencia de quien entiende que los secretos del monte se revelan solo a quienes los merecen.
Desde su querida Luján, la Capital Provincial de las Aves, construyó algo más que un trabajo: edificó un legado que hoy vuela libre por toda la provincia. Cada registro de especies, cada fotografía, cada dato científico que aportó se convirtió en ladrillo de esa reputación que hoy hace que ornitólogos de todo el mundo volteen la mirada hacia San Luis.
Cuando el reconocimiento viene del corazón
Federico Cacace, secretario de Ambiente y Desarrollo Sustentable, no pudo esconder la emoción al despedir a quien considera mucho más que un empleado. “A lo largo de estos 15 años dejaste una marca y un legado enorme en esta reserva”, fueron palabras que flotaron en el aire de la Quebrada como una bendición, como el reconocimiento a quien nunca buscó gloria, solo cumplir con una misión que sentía más grande que él mismo.
Pablo López, intendente de Luján, habló con el corazón en la mano cuando dijo: “Que hoy Luján esté en el mapa de los amantes de la naturaleza, el turismo verde, de excursiones y senderos, es fundamentalmente por personas como Samuel”. Y tenía razón: detrás de cada turista que llega con sus binoculares, detrás de cada fotógrafo que inmortaliza la fauna nativa, está la huella invisible pero imborrable de este hombre que hizo de su trabajo una obra de arte.
El testimonio de una vida bien vivida
Con la humildad que caracteriza a los verdaderos sabios, Samuel agradeció entre lágrimas contenidas: “Son 15 años y es prácticamente una vida. Todo lo que hice está registrado, es público y lo pueden usar”. Pero lo que más lo emocionaba no eran los logros profesionales: era el recuerdo de cada turista que llegó desde el otro lado del mundo para fotografiar las aves que él conocía por nombre y apellido, era la satisfacción de haber compartido su pasión con “muchísima gente”, convirtiendo cada encuentro en una semilla de amor por la naturaleza.
El círculo de maestros y discípulos
La despedida reunió a una constelación de personas que forman parte de su historia. Estuvieron Giuliana Torti, subdirectora de Áreas Naturales Protegidas; Lara Denápole y Gabriela Romero Borri, sus queridas profesoras de la Universidad de La Punta que un día le enseñaron los secretos académicos de una profesión que él ya llevaba en la sangre. Estuvieron los colegas guardaparques, los cuidadores, las veterinarias Andrea Gangone y Julieta Poggi del Centro de Conservación de Vida Silvestre.
Todos unidos por algo más fuerte que el trabajo: por el amor compartido hacia esa naturaleza que Samuel convirtió en su segunda familia.
El último regalo: compartir conocimiento
Fiel a su espíritu generoso, Samuel no se fue sin dejar un regalo final. El Taller de Anillado de Aves y Roedores de Campo fue su manera de decir: “Aquí tienes las llaves de lo que aprendí, úsalas bien, cuida lo que tanto amamos”. Porque para él, el conocimiento no se guarda: se siembra.
La liberación que libera al libertador
Y entonces llegó el momento más simbólico de todos: la liberación de las aves. Un aguilucho que alzó vuelo como llevando sus sueños, un picahueso que partió con la fuerza de sus convicciones, una diuca que cantó como despidiéndose, un cabecitanegra que voló hacia el horizonte como sus propios planes, un brasita de fuego que se elevó con la pasión que él puso en cada día de trabajo.
Tres reinamoras y tres rey del bosque completaron esa sinfonía de libertad que era, en realidad, una metáfora perfecta: Samuel liberaba a las aves que durante años cuidó, pero ellas también lo liberaban a él, le daban permiso para emprender su propio vuelo hacia Europa, hacia nuevos horizontes, hacia nuevas aventuras.
El canto que perdurará
Había algo profundamente poético en ver partir a “una de las pocas personas en San Luis capaz de distinguir sus cantos y sonidos con precisión”. Cada trino que reconocía, cada llamado que interpretaba, cada melodía que traducía había sido una conversación íntima con la naturaleza. Y aunque él se vaya, ese idioma secreto que aprendió seguirá resonando en la Quebrada, en Luján, en cada reserva donde dejó su huella.
El sendero que continúa
La despedida culminó con una caminata por el Sendero de Los Abuelos, entre la flora nativa que lo vio crecer profesionalmente, avistando ejemplares increíbles como esa charata en el tupido bosque nativo que parecía haber salido a despedirlo.
Cada paso era un recuerdo, cada vista una promesa de que todo lo construido permanecerá. Porque Samuel Olivieri no se va realmente: se queda en cada árbol que ayudó a proteger, en cada ave que volvió a volar gracias a sus cuidados, en cada turista que encontró en San Luis un paraíso gracias a su trabajo silencioso.
Un legado que vuela libre
Europa lo espera, pero San Luis nunca lo dejará ir del todo. Porque los verdaderos guardianes de la naturaleza no se van: se multiplican en todos los que tocaron, se perpetúan en todo lo que protegieron, se inmortalizan en el canto eterno de las aves que liberaron.
Samuel Olivieri, el primer guardaparque de las reservas provinciales, se despide volando alto, muy alto, como las aves que tanto amó. Y desde donde esté, siempre podrá escuchar el eco de su legado en cada amanecer que despierte en la Quebrada de las Higueritas.

















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